| EL ESCRITOR EXILIADO Por Hugo J. Byrne ¿Cuáles deben ser las condiciones y parámetros más importantes para escribir sobre temas sociales, históricos o políticos para alguien nacido en Cuba y expatriado por rehusar vivir bajo el totalitarismo castrista? Un servidor de los lectores no es autoridad en la materia, pero a pesar de que siempre trato de mantener los conceptos en un plano objetivo, estoy dispuesto a hacer una excepción hoy. Nací en octubre de 1934 y llegué a los Estados Unidos en septiembre de 1961. Eso indica que cuando aterricé en Miami tenía 26 años de edad y que al mes siguiente cumplí 27. Con la excepción de unos seis meses de servicio voluntario en el Ejército de los Estados Unidos, trabajé para el sector privado casi sin interrupción desde mi arribo a Norteamérica hasta mi retiro oficial en 1997. Aún después de esa fecha regresé a la misma industria con carácter temporal en 1998 y después en el 2003. Aunque escribía esporádicamente para publicaciones quincenales y semanales desde los años 60, fue en el año 97 ó 98 que el semanario “20 de Mayo” empezara a publicar esta columna con carácter regular. Por eso siempre me esfuerzo por enviarla a “20 de Mayo” con cierta antelación al resto de quienes la publican, aunque no siempre me resulte posible. Después tuve el favor de otras publicaciones impresas como el semanario “Libre” de Miami, varias revistas y la extraordinaria red, con capacidades de difusión que nunca antes estuvieron al alcance del escritor. De esa manera puedo leer mi columna en muchos sitios de cubanos libres del territorio norteamericano, cuya lista no hago por temor a involuntarias e injustas omisiones. No tengo la menor idea de cuantos me leen en la red desde los cuatro puntos cardinales, pero puedo asegurar a los lectores que en la actualidad esta columna se publica en “La Historia Paralela” de Argentina, “Cuba Democracia y Vida” de Suecia y al presente, o en el pasado reciente se ha publicado en sitios de Irlanda, Israel, México y España. También tengo la suerte inmerecida de tener muchos esforzados distribuidores voluntarios, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. Estas son en resumen mis modestas credenciales. No sé si ellas me habilitan o nó para expresar lo que viene a continuación: me precio de nunca haber recibido un centavo por mi labor literaria periódica. No critico a quienes lo hagan, pues perdería toda mi fuerza moral como defensor de la libertad si tratara de imponer mi critero personal sobre la conducta ajena. Por otra parte, toda publicación ya sea impresa o de la red, requiere tiempo, esfuerzo y medios económicos. El deseo legítimo de contribuir a la causa de la libertad casi nunca coincide con una independiente solidez económica. Si no fuera por los anunciantes de 20 de Mayo, no existiría ese semanario y en consecuencia nunca se hubiera iniciado mi columna. No es honesto defender al capitalismo y la libre empresa si al mismo tiempo tratamos de imponer condiciones absurdas. Pero en un plano muy personal, creo que quien paga, manda. Supongamos que un hipotético contribuyente económico de mi columna considere que el llamado “intercambio cultural y económico” entre Castrolandia y Washington sea un arma útil para combatir al Régimen. ¿No tendría legítimo derecho a exigirme que escribiera un artículo en su defensa? Otra y mucho más objetiva condición para representar los intereses del exilio con la pluma y la que siempre sigo y seguiré al pie de la letra, es nunca colaborar con quienes acepten apoyo económico o político de los enemigos de la libertad de Cuba. Tampoco puedo colaborar con quienes crean que pueden establecer un verdadero “diálogo” con la Tiranía ni con los que toleran y lucran de su contrabando. Voté por el ex Gobernador de California Ronald Reagan para presidente de los Estados Unidos. Cuando el Presidente Reagan enviara al General Vernon Walters a discutir con Castro los términos de un posible arreglo con Washington, me sentí profundamente traicionado, tanto como cubano, como ciudadano de los Estados Unidos. De acuerdo al fallecido Walters, si no hubo arreglo fue por la testarudez de Castro. Por supuesto, puedo distinguir entre malo y... muchísimo peor. Nunca se me ocurriría votar a favor de un candidato presidencial que prometa dialogar sin condiciones previas con Castro y otros tiranos miserables de la misma calaña. Considerando que el 60% del Partido Demócrata pertenece poco más o menos a un radicalismo que tiene fuertes y abiertos vínculos con los tiranos izquierdistas de Cuba, no es posible honradamente militar en ese partido y todavía considerarse cubano libre. Mucho menos escritor exiliado. ¿No vieron los lectores la foto del antiguo jerarca de la Fundación Nacional Cubanoamericana “Joe” García en plena recholata con el gordo cantante que enviara La Habana a recaudar divisas y otro redomado traidor a su patria que utiliza sus mejores oficios para servir a Castrolandia y su bolsillo? Es mi opinión que ninguno de ellos tiene el más mínimo pudor o decoro. Tampoco creo que pueda honradamente llamarse escritor del exilio cubano quien respalde semejante desvergüenza. Hugo J. Byrne |